En ese entonces no tenía los argumentos suficientes para debatir y oponer una férrea defensa de mi punto de vista -punto de vista que por lo demás todavía no desarrollaba- puesto que me encontraba sólo en la enseñanza media y mi inclinación por la historia aun no se hacía presente ni se alzaba por sobre el mundo de las matemáticas, que por aquellos años me tenían embobado. No fui capaz de responderle, ya que mi conocimiento era nulo sobre el tema, y para ser sincero, poco o nada me interesaba. De un modo casi aprobativo lo miré y con una actitud casi de cobardía le expliqué que lo tenía que leer para aprobar historia.
El tiempo pasó y tras un error de vocación, esa conversación nuevamente apareció en mi memoria, como cuando ordenamos la casa y barremos la alfombra, nos damos cuenta de que debajo del sofá grande hay una pieza de un rompecabezas que fortuitamente llegó algún día a nuestras manos a modo de presente, pero que sólo abrimos para ver de que se trataba, sin tener la menor intención en ese momento de completarlo, pero que al encontrar aquella pieza tiempo después, nos da un pequeño acicate para armarlo y ponerla junto a sus compañeras, que todas juntas le dan una coherencia a esa parte perdida y luego encontrada.
¿Fueron unos “ladrones” aquellos hombres que llegaron desde el otro lado del Atlántico hace ya más de 500 años? ¿Fueron abusadores e inhumanos con nuestros aborígenes, tal como se suele enseñar en muchas de las escuelas públicas de nuestro país? Y surgió dentro de mí la necesidad de responder a estas preguntas, que con mucha frecuencia se asomaban e inquietaban mi diario vivir.
¿Un conquistador vil y ladino o un hombre leal y moralista? Siempre me decía que no podía ser tan malo como lo hacían lucir, ni tampoco un abusivo en exceso con los aborígenes que tenía frente a sí. La historia, lamentablemente, a veces es escrita por personas apasionadas que tratando de mostrar una “verdad” se enceguecen y dejan de lado la imparcialidad (tesoro tan preciado por muchos, pero que pocos logran incluso acercarse a ella) para acomodar su corazón con el papel. “El papel aguanta mucho” me dijo una vez un profesor, a lo que yo le agregaría que la boca también lo hace, aguanta muchas cosas que no se deberían decir, si no se tienen los argumentos necesarios para fundamentar lo que aquella emite.
Las respuestas a las preguntas antes planteadas son las que me movieron desde un principio a elegir como tema central de mi ensayo la persona del conquistador, su carácter, sus móviles a seguir, sus pretensiones e ideales.
Pero en este trabajo no pretendo dar una visión global de los distintos puntos de vista que he encontrado y que se han ido dando a través de los años sobre ese tipo de hombre que vino a trasplantar su mundo y cultura a nuestra tan querida América. Más bien mi intención es dar la visión del insigne historiador chileno que me cautivó con su buena pluma y que responde casi a cabalidad mis dudas con respecto a la imagen que se tiene de todo lo español y su legado en el común subconsciente americano. Un historiador que vino a reivindicar aquellas cualidades y valores que tras más de una centuria se han ido manchando y degradando. Valores y un legado que los hombres de la emancipación odiaron y trataron de olvidar, rechazando la Madre Patria sin meditar lo que ella le había entregado y conservado luego de un duro devenir.
Es este el motivo fundamental por el que me inclino ahora en estudiar la figura del conquistador desde la obra de Jaime Eyzaguirre, una obra abundante en la que no cesó de reivindicar todo lo valioso que dejaron en nuestra tierra aquellos hombres que cruzaron el mar con un equipaje lleno de ilusiones, ilusiones que muchos lograron transformar en realidad, pero que en otros, sin embargo, no dejaron de ser meras ilusiones.
El método que utilizaré para el éxito de este pequeño trabajo será el de la cita textual, ya que considero que para analizar y/o comentar el punto de vista de algún autor en particular, lo más óptimo es reproducir exactamente lo que él escribió, para después complementar con los análisis adecuados.
Al elegir la conformación de los temas a tratar, primero que todo, he explicado de una manera breve y concisa, la opinión sobre España que tiene el autor, puesto que así será más fácil entender como aborda al encargado de transportar todo lo español al Nuevo Mundo. Describo el todo, para después describir a quien traslada ese todo.
Luego, a partir de la definición que hace del hidalgo en su Fisonomía Histórica, me he detenido a analizar las tres principales características que don Jaime destaca de él. En cada una de ellas me he preocupado de explicar con la mayor claridad posible sus aristas y me he explayado, cuando he considerado necesario, en algún sub-tema que merezca una especial importancia y desarrollo.
Para finalizar, en cada uno de los puntos he tomado ejemplos que don Jaime mismo ha dado para fundamentar sus ideas, sin sumergirme en una engorrosa enumeración y relato de estos, ya que lo he considerado innecesario para este trabajo.
Sobre el tema se han pronunciado diversos autores, como temas dentro de otras obras bien elaboradas, como por ejemplo en la Historia de Chile de Francisco Antonio Encina, con una visión similar a don Jaime. También está la Historia del Pueblo Chileno, donde Sergio Villalobos es más imparcial en su trato con mi objeto de estudio. También de Villalobos y otros autores está la Historia de Chile, ampliamente difundida en círculos escolares secundarios debido a su amigable disposición y buena pluma. Otro texto donde se alude al conquistador es en la Breve Historia de América de Luis Alberto Sánchez. En fin el tema del conquistador esta muy bien trabajado, eso si, desde los distintos puntos de vista que cada historiador pueda tener. Mi novel conocimiento bibliográfico, no me permite por el momento seguir enumerando más obras, puesto que las desconozco, sin embargo, espero poder complementar mi formación con el avance de mi aprendizaje del oficio de historiador.
UN PUEBLO CON UNA MISIÓN UNIVERSAL
El español del siglo XVI es un hombre en el cual confluyen una serie de caracteres que le dan un sello único. Una variada gama de pueblos que entregaron a la península ibérica aportes que marcaron su destino, un lugar donde “cada uno puso un matiz distinto en la amplia paleta, hasta lograrse así la síntesis multiforme que es el alma de España”[2].
Roma les trajo el derecho y el sentido de la justicia, “que se advierte a lo largo de la historia española”. Pero fue finalmente la llegada del cristianismo un paso decisivo en la gestación del su alma colectiva[3].
Contra todo esto, España se para frente al mundo como la campeona del catolicismo, se siente poseedora de una misión universal que don Jaime se encarga de plasmar en sus escritos. Para él no existe en la historia una obra comparable a la de la España católica, cuyo mejor momento fue el siglo XVI, época que para él refleja el más perfecto ideal político-social conseguido hasta la fecha[7]: “La época española en sus días de oro se había esforzado en vivir un orden teológico perfecto. Y si en la práctica no pudo realizar en su plenitud toda la bella doctrina, el esfuerzo alcanzado fue suficiente para dar a las clases un sentido armónico y a todo el cuerpo social una nítida finalidad. El rey, como vicario de Dios, según la profunda definición de Las Partidas, se sentía el padre de una inmensa familia a la que estaba gravemente obligado a nutrir, no sólo en sus necesidades del cuerpo, sino también del alma”[8].
En su Fisonomía Histórica de Chile describe magistralmente a ese hombre que llegaría a civilizar nuestro continente, quien lo haría entrar definitivamente en la historia: “Hidalgo es el hombre que sueña la aventura del bien y que tiene el honor muy a flor de piel, aunque apenas cubra a ésta con harapos. Hidalgo es el que no vacila en la defensa de la verdad, aunque le vaya en ello la hacienda o la vida. Hidalgo es el que tiene un ideal al que ajusta su existencia sin que las transacciones interesadas o el temor le reduzcan el propósito. Hidalgo, en fin, no es el que hable al exterior con ademanes fingidos o atildados, sino el que vuelca hasta afuera el hondo contenido del alma. Y es que el hidalgo, expresión suprema de la raza, guarda en ésta toda su filosofía de la vida, su conciencia de la igualdad esencial y alta dignidad de la especie humana. Para ella el hombre ha sido creado por a imagen y semejanza de Dios. Sus actividades pueden ser diversas, su posición económica varía, su color de piel distinto, pero en todo hombre laten un contenido substancial idéntico y un mismo derecho a alcanzar la bienaventuranza eterna como meta suprema. De esta suerte, como el honor, es una cualidad inherente a la naturaleza humana, la expresión visible de su dignidad intrínseca, de él participan todos, nobles o plebeyos, ricos o miserables. El honor, desprendido de oropeles caducos y formas insubstanciales, queda así como un valor recio e intemporal, como patrimonio del alma que se debe solo a Dios…”[10].
Un primer punto que resalto luego de la cita es el de aventura. Sin lugar a dudas que el hidalgo para haber querido internarse en viajes náuticos casi eternos, donde las comodidades eran nulas, expediciones agotadoras, donde el peso de la armadura crecía de manera directamente proporcional con el cansancio y el frío o el calor hacían estragos entre los compañeros, debió haber tenido un enorme espíritu aventurero, un espíritu de aventura que, en unos más que otros, los impulsó a sacar adelante empresas que para sus contemporáneos eran descabelladas. Para dar un ejemplo, basta con mencionar la figura a quien don Jaime se encarga de revivir en una de sus mejores obras: Pedro de Valdivia[11].
Para él, la figura de Valdivia surge como ejemplo para sus contemporáneos, calificándolo de poseer una voluntad decidida, que no conoce un momento de quebranto ni vacilación en medio de penurias sin límites[12]. Un hombre totalmente desprendido, en quien “el oro sólo resulta instrumento de soñadas ansias de dominio”[13].
Ese espíritu aventurero que llevó a Cortés a quemar sus naves para no volver, que llevó Pizarro a planear la caída del Imperio Inka con sólo 13 compañeros. Pero no debemos olvidar que esa sed de aventuras, se mantiene viva gracias al ideal caballeresco de raíz medieval, que sumado a un continente completo por recorrer, le dan al hidalgo el acicate para realizar lo impensado.
Por supuesto que todas estas aventuras tienen un fin claro: la fama. Es quedar y ser recordado por la posteridad, trascender de generación en generación, esa fama que muchas veces priorizaron en desmedro de la riqueza, ya que don Jaime se encarga de dejar en claro que el oro es más bien un medio para lograrla y no un fin.[14]
En su Fisonomía Histórica da como ejemplo a Cortés: “Cortés, ya lleno de honor y de riqueza después de la conquista de México, no queda aún satisfecho y emprende a gran costo otras expediciones al sur. A su padre escribe: <
También podría mencionar otros casos que don Jaime cita, como el de Francisco de Montejo, Pedro de Alvarado o el mismísimo Diego de Almagro, pero para no hacer tan extenso el relato, me limitaré sólo a nombrarlos y continuaré analizando otros puntos que el autor da en su definición.
Como segundo punto, resalta el de la defensa de la fe. Para esto debemos comprender como se fue forjando ese temple del español, un temple que está directamente relacionado con la situación que se vivía en su hogar con la Guerra de Reconquista.
Ésta era su propia cruzada, una guerra justa emprendida en contra del infiel, una guerra santa promovida para recuperar territorios que por siglos pertenecieron a sus padres, ocupada ahora por viles árabes, que ilegítimamente usurparon y que es tarea de todos liberar.
Ocho siglos de un estado permanente de guerra, una guerra que va templando sus corazones, endureciéndolos, pero que también va transformándolos en hombres de una fe inquebrantable, una fe que son capaces de llevar como escudo contra el moro y que ante todo defienden, ya que es lo más preciado que tienen.
Esa fe es la católica, la fe universal, que le da a sus vidas un sentido trascendente y que en su diario actuar le da ese algo llamado conciencia, que está con ellos desde el despertar hasta el último momento antes de dormir, esa conciencia que los persigue y les va susurrando al oído el modo de un correcto actuar, un actuar que siempre debe estar guiado por las normas de la moral, un actuar que, como caballeros, deben velar por el pobre y la viuda, dando la vida para proteger al débil, dando la vida por mantener la fe.
Y es su misma religión la que lo pone en una encrucijada cuando llega al Nuevo Mundo. Un Nuevo Mundo que lo hace enfrentar a su parte instintiva con su parte espiritual, que tanto trabajo le cuesta llevar.
Don Jaime la describe como una oposición dramática, una oposición que enfrenta “los bajos instintos de la carne codiciosa y egoísta y los imperativos concientes de justicia y de hermandad humana, el español se debate con dolor por más de dos siglos. Y si nunca logra instaurar en toda su plenitud los ideales urgidos por su espíritu, tampoco las caídas y claudicaciones frecuentes le detienen ni abaten en la brega. Permanece clavado por la ambivalencia irreductible de los principios y de las tendencias, sin que pueda ni quiera librarse de su crucifixión… el español católico ha puesto su acento de pasión en la igualdad esencial de los hombres y en su supremo y común destino, halla frente a sí, como implacable exigencia, el mandato de la ley civil y de la doctrina de la Iglesia. Y cuando esquilma y atropella al aborigen no puede eludir el castigo y la reparación, porque ante el rey se ha convertido en un delincuente y ante Dios en un pecador”[16].
Para estos hombres la reconciliación con Dios era primordial. Lo hacían a través del sacramento de la confesión en cuanto encontraban un sacerdote, acudiendo como la oveja perdida del rebaño, oveja arrepentida y con la necesidad de estar en gracia, por si en alguno de los enfrentamientos armados en contra del natural o contra el hermano, la vida no se podía salvar.
Por esto el español es un hombre angustiado. “Es la brega diaria del hombre cristiano que pugna por congraciar el ideal con la realidad, el espíritu con la vida. El español no concluía en el tiempo. Sabía que compraba en esta vida las condiciones de otra sin límites y que en su actuación estaba suspendida una finalidad eterna. Este fue el dolor que se clavó en el pecho del español y que le persiguió sin descanso, como sabe perseguir la voz interior al hombre de conciencia. Ningún otro pueblo conquistador ha sentido esta angustia, porque sólo es privilegio de los que guardan la luz de la esperanza”[17].
En fin, nos encontramos frente a un hombre que es conciente de sus actos, que sabe que todo lo que haga va a ser juzgado en el más allá, un hombre que sabe que el uso desmedido de la fuerza puede acarrearle la condenación eterna. Un hombre que sufre y que trata de conciliar el ideal con la realidad, conciliar lo que al parecer es una labor casi imposible.
Un tercer punto a destacar es la “conciencia de la igualdad esencial y alta dignidad de la especie humana” que tiene el hidalgo y aparece en la definición. En su visión del mundo, “las inevitables diferencias humanas no eran tan hondas como para abolir en los mortales lo que hay de específicamente común. Su religión no hacía diferencias de rangos ni de razas y abría el cielo hasta a los parias que el brahamanismo(sic) desechaba por impuros. Sus teólogos habían definido que a cada alma le era dada la gracia suficiente para salvarse y que nadie sin su propia y libre voluntad, podía quedar excluido de la bienaventuranza eterna. Por eso el español no tuvo repugnancia en acercarse hasta el indio, fundir con él su sangre y hacerle igual ante Dios por la participación de la fe”[18].
Y con esto llegamos a una parte esencial en el punto de vista que don Jaime, donde se expresa la labor evangelizadora de España en los territorios descubiertos. Basta con mencionar la bula del Papa Alejandro VI, en la cual le concede a los Reyes Católicos la colonización y se alza por sobre justificaciones políticas o económicas, la finalidad religiosa, “Todo paso civilizador aparece desde el primer momento ligado a la obra misionera y son religiosos los que traen a América los rudimentos iniciales de la cultura occidental. Desafiando los climas y enfermedades, e internándose por las sierras agrestes y los bosques poblados de fieras y alimañas, cuando no de indios antropófagos, esparcen por todos los sitios del vasto imperio la palabra de Cristo. Su voz es como aceite restañador(sic) de las heridas de la guerra y puente de paz para la compenetración de dos mundos. Ellos, al componer las primeras gramáticas de las lenguas autóctonas, salvan la barrera que impedía el intercambio y conocimiento entre indígenas y españoles, y con la llave del idioma en la mano penetran en el alma de los naturales, acudiendo a mil recursos de la pedagogía para hacerles entender en forma clara los misterios del dogma católico y de los adelantos del orbe europeo. Con prudencia sin igual abren los corazones y cerebros al gusto de las nuevas verdades, cuidando siempre de salvar de la muerte lo que el hombre de América poseía de valioso y digno de perdurarse. Por eso, como anticipo a las inquietudes de la ciencia, recogen sus tradiciones y leyendas y redactan las crónicas que permitirán al estudioso del futuro conocer la vida precolombina”[19].
Es España quien le “abre las puertas del cielo a América”, “infundiendo en el alma triste de sus moradores la virtud para ellos desconocida de la esperanza”[20]. Le da la posibilidad a América a formar parte de esa comunidad espiritual llamada Iglesia, que es el verdadero camino hacia el gozo eterno, un gozo verdadero, no como en el que creían los mapuches, un más allá lleno de goces, sino una vida eterna verdadera.
El español vino a darle sentido a la vida americana, le trajo una moral y una cultura superior, pero como mencionamos más arriba, no trató de destruir ni extinguir ni suprimir una forma de vida más primitiva, sino que se preocupó de rescatar lo mejor que poseían estos parajes.
Llegó y le dio un nexo a América, una noción de unidad y las fundió en un común denominador católico y cultural. El elemento español fue decisivo en la armonización de los distintos pueblos americanos, puesto que produjo una especie de milagro en cuanto a la cohesión americana, esa cohesión que desde los primeros pobladores hasta 1492 no sucedió, como si esperaran la llegada providencial de un pueblo con mucho por entregar, así como salvaguardar de la extinción el mejor legado que pudo haber creado la humanidad.
CONCLUSIÓN
Sin lugar a dudas que mi conocido estaba equivocado en su juicio. Las respuestas planteadas al principio ahora se pueden responder con un criterio mejor, sin embargo, sería candidez quedarme, para salir de mis dudas acarreadas en el tiempo, sólo con la visión de don Jaime, una visión romántica, una visión que en espíritus poco críticos harían elevar en exceso la figura del conquistador.
La figura del conquistador debe estar, un poco más debajo de la imagen que don Jaime creó, una figura que se puede apreciar más claramente en la obra de Villalobos, Historia del Pueblo Chileno.
No he querido confrontar el pensamiento de Eyzaguirre con el de Villalobos, debido a que este es un trabajo sobre lo que ve Eyzaguirre como conquistador, y por consiguiente es solamente en su visión en la que me acabo de centrar.
Probablemente en otro trabajo analice otra cara de la moneda, la de Villalobos, o quizá una postura extrema como la de Mires, sin embargo lo que debemos saber es que toda visión está sujeta a la apreciación que cada uno pueda tener sobre la historia, el pensamiento que hemos creado desde que salimos del vientre materno, pero que debemos, por lo menos, intentar apagar lo más posible al momento de emitir alguna opinión.
1. Eyzaguirre, Jaime. Fisonomía Histórica de Chile, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1998.
2. Eyzaguirre, Jaime. Hispanoamérica del Dolor, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1990.
3. Eyzaguirre, Jaime. Historia de Chile, Editorial Zig-Zag, Santiago de Chile, 1973.
Secundaria
1. Aylwin, Mariana, Gazmuri, Cristian, González, Juan Carlos. Perspectiva de Jaime Eyzaguirre, Ediciones Aconcagua, 1977.
[1] Los apuntes eran una mera recopilación de datos a modo de manual, especialmente redactados por mi profesora de entonces para que los memorizáramos para el examen próximo del ramo.
[2] Eyzaguirre, Jaime. Fisonomía Histórica de Chile, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1998, pp. 14 y 15.
[3] Ibid., p. 15.
[4] Eyzaguirre, Jaime. Hispanoamérica del Dolor, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1990, p. 28.
[5] Eyzaguirre, Jaime, Historia de Chile, Editorial Zig-Zag, Santiago de Chile, 1973, p. 54.
[6] Ibid., p. 54
[7] Aylwin, Mariana, Gazmuri, Cristian, Gonzalez, Juan Carlos. Perspectiva de Jaime Eyzaguirre, Ediciones Aconcagua, 1977, p. 102.
[8] Eyzaguirre, Jaime. Hispanoamérica del Dolor, p. 35.
[9] Ibid., pp. 41 y 42.
[10] Eyzaguirre, Jaime. Fisonomía Histórica de Chile, pp. 18 y 19
[11] Eyzaguirre, Jaime. Ventura de Pedro de Valdivia, Editorial Universitaria, Santiago de Chile, 1986.
[12] Eyzaguirre, Jaime. Fisonomía Histórica de Chile, p. 29.
[13] Ibid., p. 29.
[14] Ibid., p. 27.
[15] Ibid., p. 27.
[16] Ibid., p. 55.
[17] Eyzaguirre, Jaime. Hispanoamérica del Dolor, p. 27
[18] Eyzaguirre, Jaime. Fisonomía Histórica de Chile, pp. 43 y 44.
[19] Ibid., pp. 44 y 45.
[20] Eyzaguirre, Jaime. Hispanoamérica del Dolor, p. 30.


9 comentarios:
Umm.... primero, hacerte notar nuevamente que tus largos textos me impresionan, pero me agradan a la vez porque:
-me aseguran un buen rato de entretenimiento, que es muy bienvenido en tiempos como el verano, donde no me abundan los quehaceres,
-me aseguran también que en al menos un par de cosas me llegará algo como para opinar, ya sea rebatiéndote o apoyándote, pero en cualquier caso removiendo alguna de esas cosas llamadas neuronas, o quizás incluso las otras cosas, llamadas hormonas... pero para eso se requiere más violencia, y no busco eso....
En fin, debo decirte que, como hijo de la educación pública verás mucho en mí el espíritu que criticas, espíritu que de cierto modo me gusta tener, porque (segun yo) me hace ver desde múltiples puntos de vista las cosas que suceden, y (espero) me des-encasillan desde cualquiera de las visiones que pueda expresar desde mi multi forme pensamiento.
Surge una duda que deseo me aclares: ¿a qué se le llama en este escrito "democracias jacobinas"? Mi escaso conocimiento de las formas que subyacen o circunscriben a la política y sus constituyentes me hacen preguntarte eso. Y es que se me viene a la cabeza la figura de Robespierre, como también por mi formación educacional (recuerda que estudio Ingeniería) me trae la figura de Jacobi, matemático alemán que ha salido múltiples veces en mi carrera, pero eso es otra historia....
Respecto a la colonización española, me permito referir mi humilde opinión sobre el tema, que espero motive en tí la publicación del documento del cual me hablaste hace unos días:
Me parece que si bien no fuimos conquistados por los europeos más "avanzados" o "desarrollados" sí tuvimos suerte en que fueran los españoles quienes cumplieran la tarea de "hacer patria" en el nuevo mundo, ya que trajeron consigo quizás una labor titánica y eternamente fruto de agradecimiento, cual es la fe que profesamos....
Es cierto, en cuanto a avance los españoles son los "hijos menores" de la grandiosa e histórica Europa, pero al menos no abusaron tanto como sí lo hicieron los portugueses o los británicos, e incluso los franceses.....
Es un tema que da para mucho, sobre el cual tengo mi opinión, criticable por cierto, y no deseo agotarla en este escrito, pues hay que dejar para después... jejeje.... eso creo....
Ya, gracias por haberte craneado tan largo escrito,
que estés bien,
se despide,
NLP.
Amigo, aquí te dejo un link donde se sintetiza lo que es una democracia jabobina, espero que te sirva.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=15604
Saludos
Gracias, muy weno el vínculo que me diste.... eso sí, no me pidas que con sólo 1 lectura de él me quede absolutamente claro el tema.... espero ir comprendiendo cada vez mejor el tema......
Pero es bastante weno el modelo, al menos para esa época, jajajaj...
Ya, que estés bien,
adieu,
NLP.
Juan Carlos, te felicito por tu blog. Es muy interesante, está bien escrito (lo cual no es nada de usual), y representa un valiente punto de vista contra la corriente.
Me llamó la atención tu ensayo sobre el Conquistador. Esperaba leer algo más histórico, y me encontré con una verdadera declaración de principios filosófica sobre esta figura de tanta nobleza y valor.
Claro que en tus líneas intuyo (sólo intuyo, porque no te he leído mucho)una admiración tal vez un tanto ciega por Eyzaguirre y el hispanismo católico. A tu edad esto es lo normal, y aunque lejos está en mí el atribuirme cualquier tipo de superioridad, cuando matices tus lecturas y tus estudios con la experiencia, podrás enriquecer tus puntos de vista y empezar a crear. Yo a los veinte también era un decidido hispanista, me leí muchos libros de Eyzaguirre (Hispanoamérica del Dolor lo leí de un tirón, y como lo encontré tan bueno, apenas lo terminé lo leí de nuevo, esa misma tarde; ese libro influyó tanto en mí, que después me metí de lleno en la literatura del Siglo de oro). Pero todo eso se enfrió cuando mi vida llegó a cierto punto, y empecé a leer a Nietzsche.
He notado que últimamente no has escrito mucho, digamos los dos últimos meses. ¡Ánimo y esfuerzo, que dices cosas muy interesantes, y todos aprendemos de tus líneas!
No sé si entra en tu interés, pero mi idea ha sido siempre reunir un grupo de gente diversa, pero con una base común, para, primero, compartir las experiencias, y después, tal vez, hacer algo más o menos ambicioso. Veo estos años como los de un combate incruento, pero durísimo, en que el mal se haya ampliamente triunfante. Quedarían algunos pocos dispersos con alguna capacidad de resistencia, sea ésta cual fuere: creo que es hora que estos tales se unan.
Eso es todo, espero poder saber algo de ti.
Diego.
Muchas gracias por tu comentario Diego y que bueno que compartamos el placer por la lectura de don Jaime. Tienes mucho de razón en lo que me dices, puesto que aun me falta mucho por aprender y por lo mismo ahora me encuentro en un proceso de confrontación de fuentes, para así poder ampliar mi visión historiográfica.
Es muy interesante lo que me planteas, y me encantaría seguir en contacto contigo, mi mail y msn está en mis datos de usuario por si los necesitas. Espero tener noticias tuyas pronto, saludos.
Apasionado escritor. He leído con atención verdadera tus líneas sin que ello signifique una valoración negativa o positiva. No obstante, quisiera hacer notar algunas cosas que, personalmente, extraño en el tratamiento de temas tan polémicos como éste.En primer lugar, la ausencia de fuentes históricas (o también llamadas literarias) del siglo xv o xv que con mucha libertad pareces dar por supuestas. Me parece una lástima que la construcción de saberes se resista a este tipo de mecanismos tan necesarios, incluso, para dar lo que suele considerar una "mera" opinión. Por lo demás, las fuentes bibliográficas que integras en tu trabajo, sugiere, desde mi perspectiva, una repetición discursiva de aquellos autores y poco se deja ver de una reflexión personal integrativa. Por último, si bien se acepta la idea de una integración oficial a la historia (con mayúscula) con la llegada del conquistador, también es cierto que los territorios conquistados tenían la suya con sus propias valoraciones y creencias. Juzgar una más valiosa que la otra, no resulta pertinente y sólo manifiesta la herencia de aquellos conquistadores que, en voces como la que aquí se despliega, se pretende superior en desmedro de la otra (la de los conquistados)frente a la cual no se muestra un concimiento real.
Estimado lector:
Muchas gracias por leer mi blog y dejar un comentario. Sobre tu acotación, debo decirte que tienes toda la razón, ya que es cierto que no incluí fuentes en el presente ensayo, sin embargo, puedo decir a mi favor que en la breve introducción que escribí al principio del mismo, dejé claro que el presente trata sobre la visión histórica del historiador chileno don Jaime Eyzaguirre, por lo que para elaborar el mismo me limité solo al estudio de los textos donde don Jaime expresaba cual era su visión sobre el tema de mi interés. En cuanto a tu segundo punto, considero que aunque acá había una cierta valoración de historia, con la llegada del español y de lo español, esta tierra pasó de ser un vasto conjunto de tierras y pueblos dispersos que poco se importaban entre sí, a formar parte de un todo y de la cultura cristiana occidental, la cultura que más prodigios a dado a la humanidad en mi humilde opinión. Se trasplantó y se integró a un mundo nuevo y superior, y se preservó todo lo que era digno de preservar. Te mando un abrazo y muchas gracias por pasar por acá, saludos.
Si se trata de sustentar una postura, hay que confrontar las dos posturas sino estaríamos haciendo un comentario por lo que dice "don Jaime", valdría la pena conocer mas acerca de la historia prehispanica en tu país y valorar si realmente llegaron a domesticar indígenas (solo que lo dices sutilmente) yo considero que a las poblaciones locales las despojaron de su propio desarrollo e implantaron su sistema y modo de producción que por desgracia o fortuna tuya, aun quedan ellos reflejados en una visión occidental, o una local trastornada y "blanqueada" aunque seamos mestizos, solo faltaría que se proponga un retroseso a una monarquía e implantar el catolicismo inquisitavo. yo soy católico y opto por la teología de la liberación y no por ello soy adulante o despectivo hacia procesos históricos que son una sola realidad, y creo que se esta cayendo en el mismo error que sustentaste a debatir en un inicio cargandole palabras sutiles y romanticas.
este ariculo estuvo genial, me parece q tienes razon y estudiare mas el tema
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